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Jan van Eden

Stories of my life with Pepa

 

Historia de los antepasados y la vida en Melilla escrito por Miguel Santolaria.

Las familias de mi abuelo, Tomás García Mas, y de mi abuela, Josefa Torres Mulero (Pepita), eran emigrantes españoles en Argelia. Vivían en Bousfer, Orán.Las dos familias habían llegado a allí desde España en circunstancias muy diferentes.

La familia de mi abuela materna era pobre, eran emigrantes por trabajo, obreros, jornaleros huyendo del hambre de la provincia de Murcia, en el sureste de España. El padre de mi abuela Pepita trabajaba de panadero, se llamaba Juanico (el diminutivo -ico es típico de la forma de hablar de Murcia). A veces se emborrachaba y mi bisabuela Micaela (la llamábamos la abuela chica [pequeña]) tenía que levantarse de noche para ir a la panadería a hacer su trabajo mientras él dormía la borrachera. Todavía recuerdo a la abuela chica (mi bisabuela) pues convivó con nosotros en la casa de mis abuelos en Melilla hasta su muerte, alrededor de 1950. Unos días después de su muerte mi hermano Miguel Ángel y yo ocupamos su habitación, hasta entonces habíamos dormido en sendas cunas en la habitación de mis padres. Nuestra nueva habitación tenía una ventana que daba al patio y al huerto, donde había un granado de flores y frutas rojas, en el granado reinaba un camaleón que se movía muy lentamente moviendo los ojos en direcciones diferentes. Nadie le daba de comer, mis padres me decían “comes menos que el camaleón del granado”. También había un jazmín de flores blancas que embalsamaba el ambiente por la noche.

El padre de mi abuelo Tomás, se llamaba Juan García, era carlista, había nacido en Játiva (Valencia). Llegó a Argelia como exiliado político, no en busca de trabajo, se autoexilió quizás por miedo a represalias y, en todo caso, desilusionado por las derrotas que sufría el bando carlista, cuando se produjo “El abrazo de Vergara” (1840) o en algún año posterior. Como buen carlista era extremado en sus opiniones y actitudes, hasta tal punto que renunció a su nacionalidad española y se hizo francés, a sus hijos los inscribió con nacionalidad francesa, para que no fuesen españoles, esto tuvo consecuencias muy importantes en la vida de mi abuelo Tomás y en todos nosotros. La madre de mi abuelo paterno se llamaba Magdalena Mas. Como solía corresponder al nivel social de las personas carlistas, mi bisabuelo Juan procedía de una familia 'pudiente', podríamos decir que era rico, era dueño de un hotel en Bousfer.

Mi abuelo Tomás fue a la escuela francesa y después fue internado en un colegio religioso de los Salesianos en Orán. Allí recibió formación profesional y volvió a Bousfer siendo mecánico – herrero lo que le permitió fundar su propio taller de mecánica, principalmente de máquinas agrícolas.

Cuando mi abuelo Tomás veía pasar por la calle a mi abuela Pepita le decía a sus amigos “con esa muchacha me tengo que casar” … y así fue. La boda sería poco después del año 1900 pues la hermana mayor de mi madre, mi tía Emilia García Torres, nació en 1908.

Poco les duró la felicidad pues en 1914 estalló la Primera Guerra Mundial. España no fue estado beligerante en esta guerra por lo que si mi abuelo Tomás hubiese sido español (como los hermanos de mi abuela Pepita que también vivían en Bousfer) no hubiese sido llamado a filas y no hubiese ido a combatir al frente turco de donde regresó a Bousfer, junto a su esposa y su hija. Llamado por segunda vez para ir al frente decidió desertar y abandonarlo todo, su taller, su mujer y su hija y huyó oculto como polizonte en un barco de vela español propiedad del banquero y contrabandista mallorquín Juan March. Según contaba mi abuelo Tomás ,decidió desertar porque veía que muchos soldados 'enchufados' procedentes de Francia eran enviados a Argelia para no tener que ir al frente y ocupaban los puestos dejados por los franceses argelinos que sí que iban a sufrir y a morir al frente.

Después de, quizás, más de una semana oculto en la bodeba del barco, mi abuelo Tomás desembarcó en una playa del sur de España donde comió el guiso de pescado que mejor le supo en toda su vida aderezado con el hambre de más de una semana sin comer.

Llegó a Melilla y, con su preparación y experiencia laboral fue fácil para él ponerse a trabajar como mecánico – herrero en la Granja Experimental de Melilla que dependía del Ministerio de Agricultura. Como potencia colonizadora que era España en el Marruecos español el objetivo de esta granja era 'enseñar' a los marroquíes nuevas técnicas de cultivo y el empleo de máquinas agrícolas, por eso mi abuelo Tomás pasaba largas temporadas en 'el campo', el interior de Marruecos, 'enseñando' a los marroquíes.

No era tan fácil en Bousfer la situación de mi abuela Pepita, la esposa de un desertor. Tuvo que soportar un arresto domiciliario. Las cartas de mi abuelo le llegaban con remitente falso a casa de una familia amiga de mi abuela. El taller de mecánica – herrería no fue requisado por lo que mi abuela Pepita tuvo que dirigirlo y administralo, lo cual hizo con mucha inteligencia y le permitió vivir con cierto desahogo y dando trabajo a alguno de sus hermanos. En sus años futuros mi abuela Pepita siempre manejó dinero, era una buena administradora dispuesta a ayudar a todas las personas que lo necesitaban.

Mi abuelo Tomás en Melilla añoraba vivir con su familia, escribió una carta a mi abuela en la que le decía que estaba enfermo, que fuese a reunirse con él. Decisión extremadamente difícil para mi abuela: toda su familia (padres y hermanos) vivían en Bousfer, tenía una hija muy pequeña, si se iba tendría que abandonar el taller que le aseguraba la estabilidad económica , además, era la esposa de un prófugo por lo que no podía obtener un salvoconducto para viajar. Además los viajes en aquellos años no eran como ahora, eran inciertos y peligrosos.

Lo dejó todo, se embarcó en secreto en Orán con rumbo a España y, luego a Melilla, con un salvoconducto perteneciente a una prima suya llamada Margarita que tenía su misma edad y que también tenía una hija de la misma edad que su hija Emilia pero que se llamaba Micaela. Pasó mucho miedo durante el viaje, cuando pasaban lista en el barco era relativamente fácil acordarse de que se llamaba Margarita pero cuando la gente la llamaba Margarita a veces se asustaba y no respondía, estaba siempre nerviosa y además tenía que llamar Micaela a su hija pero esto era más fácil porque su madre (la abuela chica) se llamaba también Micaela.

Contaba mi abuela que un fornido marinero la cogió en brazos desde la barca hasta la arena de la playa cuando llegó a Melilla, aparte de lo emocionante, romántico y excitante de la escena esto me hace pensar que el puerto de Melilla en esa época era muy primitivo y no tenía calado suficiente para que los barcos grandes atracasen en él.

Nadie la esperaba en la playa. Cuando mi abuela llegó sola, con su hija y por su propios medios a la casa donde vivía Tomás en Melilla, en el barrio del Real, su marido estaba en 'el campo' (en el interior de Marruecos) trabajando, ¡no estaba enfermo!. Tardó varios días en volver. Mi abuela Pepita se sintió engañada y disgustada.

No debió durar mucho el enfado porque mi madre, Carmen García Torres, Carmencica, nació en 1919.

Amilia y Carmencica se llevaban 12 años. ¡Cuántas cosas habían pasado en ese lapso de tiempo!.


 

Como es típico en las familias de emigrantes pobres, poco a poco toda la familia de mi abuela abandonó su precariedad en Bousfer y fue llegando a la relativa seguridad de Melilla. Mi bisabuelo Juanico creo que había fallecido ya en Argelia porque no tengo referencias de él en Melilla. Sí que recuerdo a la abuela chica, Micaela, viviendo con nosotros en la casa de mis abuelos en Melilla hasta su muerte. Recuerdo a toda una cohorte de tíos, hermanos de mi abuela, que fueron llegando para vivir y trabajar en Melilla: Remigio, Casimiro, Antonio. Como habían crecido en Argelia y habían ido a la escuela francesa, habían subido un escalón, eran hijos de pobres emigrantes pero llegaban con un nivel de educación y de emprendimiento económico superior al de los españoles procedentes de 'la Península'.

Por ejemplo, tío Remigio era contable y trabajó en CAMPSA hasta su muerte en un accidente de aviación cuando volaba a Canarias. La abuela chica decía: “Cuando era pequeña había un hombre que me decía ¡Micaela, los hombres volarán! y ahora mi hijo se ha matao en un avión”. Tío Casmiro y tío Antonio tenían una empresa de transporte de viajeros Melilla – Ceuta. Contaba mi madre Carmen que, cuando llegaban a la casa del Barrio del Real de Melilla de vuelta de una viaje a Ceuta, vaciaban encima de la gran mesa de mármol blanco de la cocina latas grandes que habían sido de gasolina (*) llenas de monedas, para contarlas, y que Carmencica se volvía loca corriendo detrás de las monedas que caían tintineando al suelo para cogerlas.

Carmencica tuvo una infancia muy feliz rodeada de tíos guapos y buenos mozos que la lucían sacándola de paseo, comprándole vestidos y llevándola a fotografiar vestidita de reina al estudio fotográfico Miranda.

(*) Deduzco que no había gasolineras con surtidores, parece ser que la gasolina se compraba en latas (bidones) en las droguerías.

De la familia de mi abuelo paterno que quedó en Bousfer recuerdo una foto de una prima de mi madre envuelta solamente en una mantilla española sujeta con una alta peineta. Una foto escandalosa (para la época en que fue hecha) por su casi desnudez que mi madre nos enseñaba con orgullo. Esta es mi prima ¿….ette?. Se la hizo en una de las pocas visitas a Melilla de una persona de aquella familia. ¿...ette? era funcionaria de 'la Poste'.

En nuestra casa las mujeres (mi abuela y mi madre) hablaban en francés a veces entre ellas, especialmente cuando no querían que mi padre se enterase de lo que decían. Esto ponía nervioso a mi padre. Pero eso viene después, antes tienen que conocerse y casarse Ángel y Carmen.


 

Antes de que esto sucediese ocurrió algo muy malo para mi madre. Mis abuelos se trasladaron a vivir desde el Barrio del Real al monte, eso es, así, literalmente, al monte, sin agua, sin alcantarillado, sin calles, en una de las típicas operaciones como la descrita en la canción 'a desalambrar', una ocupación ¿ilegal? de terrenos.

Mi madre siempre se sintió muy dolida por este cambio. Se había criado en un barrio de clase media en el que había iglesia, un paseo central muy concurrido, escuelas nacionales, un mercado muy bien surtido, bares, churrerías, librerías, tiendas y hasta un casino en el que hacían baile las tardes del domingo. En plena adolescencia, tendría entonces entre 15 y 20 años, la desarraigaron del ambiente en el que se había criado, la separaron de sus amigas y amigos de la infancia para llevarla a vivir a un embrión de barrio sin calles encementadas, sin alcantarillado, sin escuela, sin tiendas, rodeada de familias muy pobres algunas de las cuales vivían en chabolas. Su hemana Emilia acababa de casarse con un hombre emprendedor y bien situado con su taller de guarnicionería y a ella de pronto la llevaron a vivir sola, sin amigas y entre las cabras. Mi madre se casó con mi padre, un poco y entre otras muchas cosas buenas, para poder huir de aquel ambiente.


 

Había bajado del monte al Real aquella mañana de domingo con la excusa de ir a misa, siempre que podía se escapaba del monte para ir a divertirse con sus amigas al Real. Había comido en casa de tita Laurencia, mujer de tito Casimiro. Después de comer, a pasear arriba y abajo por el paseo y ya por la tarde al Casino. Iba acompañada de su prima Pepita, hija de su tío Antonio. Lo primero que vio al entrar en el baile fueron los dientes blancos y la sonrisa de un muchacho que se movía alegremente hablando con todos. Bailaron, aquel muchacho bailaba maravillosamente. No dejaron de bailar durante muchos domingos pero a la abuela Pepita no le gustaba el hecho de que fuese solamente un cabo primera, un pobre soldado sin porvenir vete a saber de qué pueblo de la Península.


 

A la boda de Ángel y Carmen no asistieron, no quiso asistir Pepita, Tomás bajó la cabeza. El papel de madre y padre lo asumieron tito Casimiro y tita Fulgencia. Carmencica esa noche se embarcó junto a Ángel en el Vicente Puchol rumbo a Málaga. Ya no volvió a casa de sus padres hasta varios años después, con su primer hijo, Miguel Ángel, de pocos meses de vida.

Muchísimos años después Pepita ya era anciana, había perdido la cabeza (demencia senil), Ángel y Carmen fueron a Melilla a cuidarla ayudando a Emilia y Antonio, su marido. Un día Pepita le dijo a su hija Carmen, mi madre: “Ese muchacho eh mu pesao, siempre está rezando y me hace rezar pero es bueno. Si quieres puedes casarte con él”. Habían pasado más de 50 años y por fin mi madre pudo casarse con mi padre con el permiso de mi abuela Pepita.

 

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