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Jan van Eden - Bibliografia
Fundación ALCORT Binéfar, 2007
catalogo
EL OBSERVADOR ANTE EL CAOS
Antón Castro, 2007
Jan van Eden se ha empeñado en
no perder el paraíso. Quizá porque en el fondo lo lleva dentro, en su propio
apellido, en ese Eden o edén que le confiere carácter. Desde muy joven, desde
los tiempos en que estudiaba Matemáticas, Ciencias Naturales y Geología, Jan van
Eden ya se sentía pintor, y ya garabateaba papeles y lienzos en secreto, en los
tiempos muertos que a uno le dispensa a la vida. Antes de iniciar su particular
vuelta al mundo, Jan van Eden viajó a Galicia, a Asturias y a los Pirineos
aragoneses. En Huesca, cuando quería ser un pájaro libre con un verso de
enamorar en los labios, conoció a Pepa Santolaria. Y con ella iba a recorrer
África, América Latina, Oriente Próximo, distintos lugares del mundo, e iba a
fortalecer su vocación de pintor. Del amor, de la convivencia y de los viajes,
nació una forma de vivir desde la pintura. Las casas siempre estaban presididas
por cuadros; en las mudanzas, río arriba o monte abajo, siempre había un rollo
de óleos: el diario de la creación, las imágenes alucinadas de la pasión de
pintar en cualquier lugar de la tierra, la urgencia de expresarse mientras rugen
los tigres o se agitan las lianas en la noche.
Jan van Eden se educó, en el
tramo inicial de su formación autodidacta, a la sombra de los grandes maestros
expresionistas como Kirchner, Grosz, Max Beckmann, Otto Dix y Oscar Kokoschka,
entre otros. Todos ellos tenían como característica el expresionismo figurativo,
la realidad atrapada de forma grotesca, con la lucidez desesperada de quien mira
y ve dolor, miseria, espanto y muerte. De esa atracción le sale a Jan van Eden
una obra turbadora, llena de desgarro y de demonios interiores. Y de ahí, podría
decirse que pasa a un periodo de rebeldía y compromiso social que presenta una
iconografía semejante, e igualmente tempestuosa, a la de Antonio Saura. El
pintor reside en Amsterdam y en Sabayés; en esa morada-paraíso que se abre a
una infinita vaguada de La Hoya de Huesca tiene cuadros suyos de gran
personalidad, cuadros de sesgo brutal en negros y gris, pero el visitante poco
advertido puede pensar que son de Saura. Son las afinidades electivas del
creador holandés, y acaso sus bromas.
Jan van Eden, aunque no se
dedicase solo a pintar, era un virtuoso: exploraba técnicas y formas, se
acercaba al informalismo y al arrebato gestual, usaba el color como quien usa un
latigazo o una detonación. Afinando aún más su coherencia, apuntó hacia otro
asunto: la crítica del poder, la sátira y la denuncia de su fatuidad. De ahí que
los cuadros ofreciesen rostros levemente desfigurados, borrosos, quizá
despersonalizados. Sin duda, ése es el periodo en que Jan se aproxima más al
mundo de Francis Bacon: en la cara de sus personajes parece haber un único ojo,
un ojo de cíclope, que domina la escena, y parece existir un ser atormentado y
agresivo que tiene algo de depredador o de monstruo que nos vigila y que nos
desafía.
La pintura
de van Eden ha destacado siempre por su versatilidad. Por su sentido del color.
Por la facilidad del dibujo. Cuando quiere ser temperamental o avasallador, lo
es. Cuando quiere emplear el esquematismo, esas heridas cromáticas que alancean
el cuadro, la superposición de planos, lo hace. Cuando quiere ser
constructivista o cubista, desarrolla esas estéticas con enorme inventiva. Todo
ello se percibe en un repaso a su obra, a su mundo variado y a la vez sugerente
que ofrece desnudos de mujer, elaboradas formas monstruosas, líderes o
ejecutivos en interiores desapacibles, bestiarios (panteras, tigres, Evas
modernas) o criaturas más o menos voluptuosas que están inscritas entre moles de
edificios con su inquietante perfil de pájaro...
La evolución de Jan van Eden es
incesante. Disfruta con su trabajo. No se conforma. Y se compromete con la
actitud de un cronista desde el lienzo, de un observador ante el caos. Sus
últimos trabajos son una interpretación sobre aspectos de la realidad: la moda,
las relaciones entre los seres humanos, el poder de la belleza y del erotismo,
la injusticia, el capitalismo y, sobre todo, las guerras, y algunos de sus
derivados, espeluznantes antes y después de cualquier contienda, como el
terrorismo. Jan van Eden siempre fue un pintor de denuncia: de denuncias
íntimas, de torturas del alma, de llanto y desubicación existencial. Y de
denuncias externas, de toma de posición, alguien que agita conciencias con la
pintura, con la mancha, con la artesanía del trazo.
Esta muestra es una evidencia.
Y tal vez puede interpretarse como otra toma de postura desde el realismo y
desde otro tratamiento del color. En estas piezas, las figuras, no precisamente
felices, surgen desde una especie de masa homogénea cromática, desde planos de
color casi lisos, y a veces, premeditadamente indefinidas, apenas se ven. Exigen
ser miradas, piden ser vistas, reclaman ser adivinadas. Cabría decir también que
en este trabajo, Jan van Eden es más narrativo: una vez vistos, podemos seguir a
sus personajes, podemos verlos avanzar, imaginarnos a donde van, imaginarnos a
quién van a ofrecer su desnudo y sus senos esas mujeres que pasan. El uso del
tríptico muestra esta intención, esta necesidad de contar desde la untuosidad
del lienzo.
El pintor considera que no
vivimos en el mejor de los mundos posibles, y que por aquí y por allá hay
ciudadanos en naufragio, heridos por la ira, por la sinrazón, por el estupor.
Pensemos en sus series sobre el atentado de las Torres Gemelas y sus posteriores
y terribles consecuencias; quizá dé a entender el pintor que no debemos
descartar una relación entre los diversos polvorines de Oriente (podría
colegirse de algunos cuadros una vindicación de los palestinos) y la
intervención de fuerzas extranjeras con esa abominable reacción que ha
despertado al mundo con una brutalidad inconcebible. El observador ante el caos
que es Jan van Eden se sirve de dos elementos fundamentales: la fotografía, que
en algún caso es el soporte o la matriz de sus figuras, la realidad
transfigurada, y el dibujo, persistente y muy logrado.
Jan van Eden es un artista
maduro, reflexivo, que cree en el arte como vehículo de transformación del
mundo. Como clamor contra los desmanes y los atropellos. Y es un artista de
pulsiones que trabaja con constancia y deleite. Quizá por ello, cuando las luces
se suavizan en el crepúsculo de las montañas, se asoma al precipicio y respira.
Respira. Mira los vencejos. Sabe que para encontrar un paraíso fuera, tan
exultante como ése, hay que alimentar un paraíso dentro: en el nombre, en la
sangre, en la intención.
texto
de Anton Castro del
catologo
Fundación ALCORT, Binéfar, 2007
Texto Francisco Jose Porquet,
durante la inauguracion de la exposicion
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